lunes, 10 de agosto de 2015

Los navegantes (Relato)



Los Navegantes (él y ella)

Él (El Navegante)

Fue un duro invierno para él,
el frío había sido tan intenso que hasta los recuerdos parecían haber quedado congelados en su memoria. Y ciertamente, que del mismo modo que se protegía de los gélidos vientos con su raído abrigo, aprendió también a proteger su alma mediante el olvido.

Cuando amanecía y los primeros transeúntes lo despertaban de sus sueños cerraba fuertemente los ojos, como queriendo atrapar un poco más de ese tiempo, unos minutos más de esa forma de letargo, ese estado de semiinconsciente que le permitía cierta comodidad alejada de la realidad. Pero poco a poco, los zapatos que pasaban por su lado se hacían cada vez más numerosos, su estómago más chillón y su vejiga parecía no llegar a soportar ya los límites más inhumanos. Entonces era cuando muy a su pesar tenía que comenzar a mover las entumecidas piernas y buscar el valor para iniciar su jornada laboral. Una jornada sin horarios, ni sueldo, sin obligaciones ni compensaciones. Una jornada donde competir por algo de comida y que le permitieran el acceso a unos sanitarios sería la mayor meta.

Caminaba lentamente, tan encorvado que parecía llevar el peso de toda la tierra sobre sus hombros. Solo a veces levantaba la cabeza, cuando veía pasar alguna ardilla, o escuchaba el trinar de algún pájaro, o cuando el sol le regalaba algún preciado rayo para calentar su cara, (SIEMPRE DISFRUTÓ MUCHO DE LA NATURALEZA). Y fue en uno de esos momentos que tanto le reconfortaban cuando “la” vio pasar. Ella caminaba despacio, pero a diferencia de él se notaba que llevaba una dirección, marchaba como un velero, suave, segura, con un rumbo fijo.
Y recordó, recordó entonces un feliz tiempo vivido, sus abrazos, sus besos, su ternura, su suave, frágil y femenina voz y lo feliz que fue con ella. Casi deseó entonces no haber despertado aquella mañana. Como volvió entonces a dolerle su ausencia, su calor, el olor de su piel y el sonido de su risa. Hacia tanto tiempo...

Fue como tantas historias de amor no completas, como tantas historias de amor terminadas antes que uno de los dos, decepcione al otro. Antes de que el tiempo y las obligaciones terminen con la pasión. Pensó: ¡Quizás fue mejor así! , de todas formas se había estropeado al final.
Pero no era fácil apartar tantos sentimientos de un plumazo. ¡Ni siquiera para él que era especialista en ello! Y siguió rememorando, sentado ya sobre un banco de madera del parque, donde el sol invernal le consolaba apiadado, con un poco de calor.
Mientras, el velero se iba alejando suavemente él también se alejaba, pero de forma diferente. Él se fue quedando dormido y ya no necesitó buscar más alimento cada día. Se fue así, cerrando fuertemente los ojos, sobre un velero, sobre sus brazos, sin peso alguno que encorvara su espalda, de nuevo con un norte, con una brújula imaginaria. Y le bastó ese momento para ser feliz.

Ella le dijo una vez…..” Espérame esta noche al otro lado de la luna”. Y allí fue…

Algunas noches de verano, si miras fijamente al cielo quizás le puedas ver, cual Peter Pan sobre su barco, brillando con polvo de Hadas, navegando entre estrellas….

Y si esta historia es verdad o no, después de todo….¿A quién le importa una historia de amor, si no está llena de magia?

A todos los navegantes que pasan a nuestro lado cada día con sus propias historias no contadas, a menudo no vividas, a todos...

Ella.(La Navegante)

Otra vez el insistente pitido del despertador irrumpiendo en la paz de sus sueños, de nuevo el frío entrometiéndose al retirar las sábanas, una vez más la horrible visión de su arrugado cuerpo entumecido por el dolor, de la delgada palidez de sus magras carnes al desnudarse, una mañana más en la que enfrentarse a sí misma en el espejo de su decadencia.

Había sido una mujer hermosa, de aquellas en las que encontrarse las envidiosas miradas: su talle esbelto, su andar pausado y elegante, el brillo devuelto por la tersura de su piel, la seguridad en su rumbo…

Alguna vez amó hasta quedarse vacía, amó hasta el punto de verse reflejada en el otro, de cerrar los ojos para no dejar escapar ni un hálito de tanto sentimiento en cualquier mirada frugal… amó tanto hasta encarcelarse en su devoción y una vez llegado ese punto culminante en el que se ama y se desea desmedidamente por igual, desaparecer de nuevo, oculta en la cobardía de no estar dispuesta a resignarse a envejecer y verse envejecida.

Desde hacía un tiempo le observaba de incógnito, a unos metros de distancia. Le había descubierto entre cartones una mañana de invierno en la que destapó su dormida cara y salió corriendo, para no enfrentarse una vez más a la realidad con la que su olvido había despojado, hasta de su propia estima, a aquel mendigo de cariño.

Ahora, intenta llegar cada mañana justo antes de que los pasos del gentío rompan el momentáneo sosiego de su sueño y verle así despertar a lo lejos, para poder compartir con él desde su envejecida cobardía el regalo de aquel primer rayo de sol que antaño encalideció tantos apasionados amaneceres…y le abraza fuertemente en su recuerdo, y le repite en su mente “no tengas miedo amor mío, siempre estaré a tu lado”…

Canet Hace tiempo.

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