viernes, 7 de agosto de 2015

La riqueza de su reinado.


Con una de sus piernas arruinada,
descendiendo de su nivel a cada zancada, 
oscila entre los viajeros abstraídos. 
Solemos verla con frecuencia en la misma estación. 
Nunca tendrá causas que mostrar, 
y sonríe con sinceridad. 
Se le incendia en uno de los ojos un carbúnculo. 
Mi mujer asegura que se trata de una mujer;
yo no estoy seguro del todo.

-¿No has visto nunca una Diosa antiestética?
 ¡Mi amor!-, Me sugiere; 
y yo, 
que he presentido próxima su figura, 
registro en mis bolsillos en busca de alguna moneda. 
Me pregunto cuántos habrá,
-de aquellos que le dan un puñado de céntimos-
los que comprenden la riqueza de su reinado. 

¿Cómo diantres se puede caminar así, 
entre el pellejo doloroso de la miseria y esa renquera descomunal, 
con un movimiento tan estable de felicidad? 

Llega silbando, 
llega con la oscuridad sujeta a un alambre, 
pasea a las ratas de la noche. 
Es la esencia viva de la tarde que llega, 
con la mano horizontal, 
para presentársenos.

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