miércoles, 15 de junio de 2016

Renaciendo.

Cada mañana abro los ojos y lloro, con lágrimas o sin ellas.
La claridad me ciega, y me levanto de la cama abandonando mi decúbito prono.
Cada jornada repto hasta que aprendo a andar, voy a la cocina y al baño,
a bañar mis ojos, mi boca, mi cuerpo y mi esencia, a triturar la comida y las dificultades.
Cada día debo aprender a hablar y a reír.
Resurjo completamente inocente, así que cada día necesito aprender a relacionarme con la gente como alguien que olvidó su ingenuidad,
tengo que abandonar mi fantasía y mi ilusión por cada nuevo hallazgo,
procuro camuflar mis sueños inalcanzables, mis rabietas y mi patente locura.
Quizá por ello padezco.
No quiero que me comprendan, pero me sentiría mejor si percibiera a más renacidos como yo, o por lo menos, si supiera de dónde vengo...
Me resulta muy contradictorio el hecho de nacer cada mañana y ser consciente del nacimiento.
Seguramente querría ignorar que mañana volveré a venir al mundo nuevamente, porque renacer cada jornada,
supone fallecer cada noche, y así me encuentro,
redactándote éste epitafio mientras vivo y muero una vez más, sabiendo que cada mañana volveré a renacer a tu lado.
Canet.

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