jueves, 2 de junio de 2016

La comunión.

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.
La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar. Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara. 
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.
Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos, simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo, ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión. No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido, y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet.

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