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lunes, 11 de julio de 2016

Acrobacias.

Siempre me gustó el circo y siempre quise trabajar en él. Me hubiese gustado ser acróbata.
Me conformaba con caminar sobre la barandilla o balancearme.
Sillas de hierro y toscas de colores descascarillados en el parque habitual.
Siempre haciendo cola para subir, haciendo tiempo revolviendo la tierra con la puntera de mis zapatillas rotas.
También me tiraba desde lo alto de la calle ancha con la bicicleta, sin frenos, gritando con los brazos en alto como si me fuera a escuchar alguien.
Casi nunca pasaban coches, muy poca gente, y quizá algún niño jugando, y el loco del barrio cuando regresaba del trabajo mirándome con ojos cansados.
Acrobacias eran las mañanas de sábado, de puntillas por la casa fría, atisbando a través de las líneas de la persiana, acariciando aquellos primeros rayos con la yema de los dedos.
La mañana soleada asegurándome que podía salir a la calle con la bici y los zapatones de minero que tanto disgustaban a mi padre porque decía que con ellos era difícil patear la pelota.
Acrobacias eran las noches de verano en casa de mi abuela, en la habitación que daba al infinito, y en la que soñaba que un hombre intentaría colarse por la ventana para raptarme.
Que me secuestraran no me asustaba, podía ser incluso una buena noticia, lo que me aterraba era el susto, que me descubrieran en calzoncillos, con los dientes sin lavar y la mochila sin preparar.
Acrobacia fue el trapecio de mi niñez en el me enganchaba cabeza abajo, agarrado tan solo por las piernas.
Cuando llovía acostumbraba a chupetear el hierro rociado, aquel herrumbre en mi estómago, siempre en secreto, sin red, desafiando al peligro, enfrentado a la soledad.
Canet.

jueves, 23 de junio de 2016

Silencio.

Gime una nota, tañe la campana, repiquetea la lluvia;
una palabra, un aullido, un siseo.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde el último silencio?
No me refiero al silencio de una sala de espera, ni al silencio que a veces nace tras una discusión tensa,
tampoco al silencio anecdótico en un entierro, no. 
Me refiero al silencio incondicional, a un silencio inestimable, todopoderoso.
Nadie jamás, ni siquiera Bach supo explicarlo, nadie lo escuchó y regresó para describirlo.
Allá donde voy, escucho mi pulso.
Oigo la sangre hervir, el estómago refunfuñar, palabras en mi cabeza.
Llegué al mundo desgañitando y me marcharé del mismo modo,
pero los ilusorios silencios intermedios son los que más me ensordecen.
Hasta en el folio en blanco escucho una voz que susurra.
Canet.

lunes, 20 de junio de 2016

Refugiados sin refugio.

Son manos lánguidas golpeando la mesa de operaciones, 
o simplemente marionetas. 
Sepulcro común de 9 a 18 para quijotes. Confín desteñido. 
Nave espacial despegando del infierno. 
Minotauro escapando de un laberinto de muros almohadillados. 
Pitágoras descifrando una calculadora.
Viajeros amnésicos en senderos imborrables.
Café con soja en vaso de papel. Poesías.
Río y Silvia, Silvia y Río.
Refugiados sin refugio. Sergéi Rachmaninov.

Canet.

miércoles, 15 de junio de 2016

Renaciendo.

Cada mañana abro los ojos y lloro, con lágrimas o sin ellas.
La claridad me ciega, y me levanto de la cama abandonando mi decúbito prono.
Cada jornada repto hasta que aprendo a andar, voy a la cocina y al baño,
a bañar mis ojos, mi boca, mi cuerpo y mi esencia, a triturar la comida y las dificultades.
Cada día debo aprender a hablar y a reír.
Resurjo completamente inocente, así que cada día necesito aprender a relacionarme con la gente como alguien que olvidó su ingenuidad,
tengo que abandonar mi fantasía y mi ilusión por cada nuevo hallazgo,
procuro camuflar mis sueños inalcanzables, mis rabietas y mi patente locura.
Quizá por ello padezco.
No quiero que me comprendan, pero me sentiría mejor si percibiera a más renacidos como yo, o por lo menos, si supiera de dónde vengo...
Me resulta muy contradictorio el hecho de nacer cada mañana y ser consciente del nacimiento.
Seguramente querría ignorar que mañana volveré a venir al mundo nuevamente, porque renacer cada jornada,
supone fallecer cada noche, y así me encuentro,
redactándote éste epitafio mientras vivo y muero una vez más, sabiendo que cada mañana volveré a renacer a tu lado.
Canet.

martes, 14 de junio de 2016

Autorretrato


Soy idiota. Eso es lo fundamental. Tengo buenos sentimientos, pero eso no es lo que ven de mí. De entrada solo ven a un tipo extraño. Encuentran enigmática mi extrañeza.
Eso no es tan malo. Pero cuando abandono el disimulo todo se dificulta. Soy un absurdo. Tal vez por eso no me fío. No sé apreciar lo que tengo.
Entonces, tan incoherente como soy, hay momentos en los que siento que soy el único responsable de todo lo que me está sucediendo.
No sé darme a conocer del todo, de hecho me importa un bledo. Detesto que sepan cómo soy de verdad porque me subestimo e imagino que a nadie le puede agradar mi insólito modo de ver el mundo.
Cavilo demasiado, qué gilipollas integral que soy, a veces llegué a pensar que era inteligente. Tuviste que aparecer en mi vida para hacerme ver que la persona inteligente es aquella que nada necesita. 

De todos modos, ahora que he descubierto que soy burdamente inculto, me gusto más. Hasta por esto debo darte las gracias. Eso lo hago a la perfección. Siempre te he agradecido lo mucho que me has dado, aunque en ocasiones de una manera difuminada, y otras desmesuradamente, lo cual ha propiciado a que me vean como un simple loco, pero eso no me preocupa.
Soy novelero, soñador y fantasioso. He pretendido hacer volar a algún lector y solo le he generado suspiros.
Pero también he logrado aletear. Y hacer aletear. Nunca creí que podría hacer feliz a una mujer como tú.
Soy quebradizo y me agarro a la bondad que me dan. A veces no sé estar solo. Aun así, hay ocasiones en las que parece que me gusta desaparecer buceando por mi mente.
Soy una especie de adicto a una soledad que detesto con toda mi alma. Me agrada el dolor, porque me imbuye pasión, y eso me hace estar más vivo.
Me creo poeta. Pienso que con un puñado de palabras puedo lograr lo que quiera, pero suelo engañarme con mis acciones.
Hago que esperen de mí más de lo que puedo dar. Y eso me hace sentirme pequeño, pero así es. Siempre he sido muy orgulloso, y me alegra ver que he logrado subsanarlo.
Te doy las gracias de nuevo. Me creo un rebelde, pero me paso el día haciendo cosas intrascendentes y ordinarias. Quiero contribuir a que el mundo cambie pero continúo pintando mujeres y casas.
No me siento español, pero me gusta españa. No pienso mucho en lo que haré en el futuro. No pierdo el tiempo pensando en ello. Mi mañana es estar a tu lado.
No obstante, a veces empiezo a pensar que acabaré en una espiral de terrible rutina. 
Por favor Silvia, no consientas que eso suceda, llévame a la Candelaria de vez en cuando.
Reconozco que puedo ser algo diferente. Muy distinto. Sé que a mis años, pocos -o nadie- hacen lo que yo. Veo cómo el resto consumen sus días en aislarse de todas las preocupaciones.
Me encantaría ser como ellos y sin embargo me zambullo en nuestros problemas, porque necesito saber que estoy capacitado para solucionarlos. Y puede parecer que no quiera la ayuda de nadie.
Soy todo generosidad y bastante benévolo, aunque eso no debería decirlo yo. Y por querer demostrarlo, termino errando.
Me conforta saber que soy una persona singular. Mezquino quizás, pero particular a fin de cuentas. Saber eso me ayuda y entorpece la vida a partes iguales.
He dejado de estremecerme, pero me estoy redescubriendo poco a poco.
Ahora más que nunca me necesito. Necesito volver a creer en mí para encontrarme.
Sé que consumo el tiempo escribiendo cosas de mi infancia, echando de menos la soledad del parque, pero continúo frunciendo el ceño y viendo al mundo del mismo modo. Sigo siendo un niño.
Sospecho que puede dolerte que me leas pero como te dije un día, no conozco otro idioma.
Sé que muy pocos pueden sentir lo que yo siento. Ahora me estremezco leyéndome, e incluso lloro al hacerlo, soy un maldito apasionado y jodidamente sentimental.
Y cuando deje de ocurrir, lo echare de menos, así lo creo.
Y algún día todo dejará de ser distinto.
Pero llegará el día, ocurrirá cuando no lo espere.

Todo, absolutamente todo está en mis manos. Ahora puedo empezar a fiarme de mí.

Canet.

Refugiados.

Dio cuatro brincos y se aproximó a un pequeño y mohoso mendrugo de pan. Desorientado, vaciló unos segundos hasta que se lanzó a picotearlo. 
Sus prójimos y conocidos celebraron el coraje de la hazaña y para festejarlo
empezaron a piar conjuntamente ensalzando al intrépido explorador.
Sin embargo, el ladrillo que les rodeaba deformó la musicalidad hasta el desentone. 
De pronto, todo quedó en silencio y una lágrima esmaltó el asfalto.
Qué cruel es la vida del refugiado.
Canet.

miércoles, 8 de junio de 2016

Sinfonía.

El despuntar del día trenza sonidos con indiferencia.
Deja que los gorriones desadormezcan a la ciudad con su discordante canto y devastador piar.
Una festividad de luz que escolta la confusa creación de las imágenes,
el profundo desorden de lo palpable al que llamamos panorama para paliar sus efectos.
La orquesta desentonada de coches se incorpora, con ruidos hoscos e intimidantes. 
Le acompaña el abatido bostezo de los madrugadores,
el silbido electrónico de lo tecnológico, el sigiloso pedalear de los ciclistas.
Un orfeón de alumnos apasionados.
Y repentinamente,
cuando la batuta de vocablos choca contra el atril,
el poeta logra armonizarlo todo y convertirlo en sinfonía.
Canet.

martes, 7 de junio de 2016

La libreta con cerradura.

Los profesores determinaron que podía realizar dos cursos en uno, así que hice 1º y 2º en tan sólo un año.
Mi abuela, para festejarlo, me regaló una libreta con cerradura.
Di las gracias porque no llevara un dibujito infantil,
di las gracias por que tenía una sola llave.
De inmediato traduje "Confidentiel" por "Conferencias”. 
Aquella segunda semana de septiembre subí a la azotea de Sergio el “gordo” buscando un aislamiento, eso creo.
La azotea no tenía paredes, tan solo una endeble barandilla.
A los poetas nos agrada el peligro, pensé.
No llegué a escribir ni una sola palabra. Caerse de la bici o pintarle las muñecas a mi hermana no daba para una sola línea.
¿Qué sentido tenía inventar en una libreta con cerradura?
Al cabo de unos días, mientras merendaba, mi abuela me contó una pesadilla y me preguntó si yo soñaba.
Vi todo el firmamento rendido a mis pies.
Al día siguiente en la azotea de Sergio escribí mi primer poema.
Desde entonces no he dejado de soñar.
Canet.

lunes, 6 de junio de 2016

Una mañana.

Espabila la mañana,
el crujido del sol que se ha levantado azotando la ventana con luz y polen.
Le replica la blasfemia que provoca el aullido del perro herido
que escapa en dirección a Plaza Castilla, dobla la esquina, se esconde y silencia.
Paseo de la Castellana. 
Progresa un coche conducido
por un lunático que ha heredado la malicia
que le falta al vagabundo que sentado espera.
El pavimento gime bajo los zapatos de unos cuantos groggys,
los teléfonos continúan iluminados.
De la hediondez nacen imprecaciones.
Un gorrión se detiene en los jardines
y fugaz inicia el ascenso con un gusano balanceándose en el pico.
Canet.

jueves, 2 de junio de 2016

La comunión.

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.
La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar. Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara. 
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.
Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos, simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo, ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión. No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido, y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet.

martes, 31 de mayo de 2016

Enero, 1986.

No me considero una persona nostálgica aunque a veces no lo parezca. 
Si descuido algo y lo pierdo me resigno y le deseo una vida triunfal y feliz. Tan sólo siento autentico cariño por un par de cosas: mi colección de cine y mis libros.

Enero, 1986. 
Comienza el año y me pongo un poco insoportable 
(tal vez por mi propensión a vivir en otros mundos):
Quiero un libro nuevo. Mi madre sale de la cocina y me pide que me vista. Ella hace lo propio. Tacones de madre, falda de madre, bolso de madre y un poco perfume hechizador antes de salir. Mi madre joven y ligera corriendo escaleras abajo para que no se nos escape el tren. La alegría.

Librería casa del libro, la Gran Vía. Después de una meticulosa búsqueda coloco tres ejemplares sobre el mostrador que queda justamente a la altura de mis dos ojos. Mi madre me dice en su idioma que escoja bien porque no sabe cuándo será la próxima vez que volvamos. Aparto dos y selecciono uno alargado y de generoso grosor, por atrayente y porque tiene las tapas duras .Le costó 135 pesetas, según veo escrito en la primera página.

Supongo que después iríamos a merendar a la menorquina, pero la verdad, no lo recuerdo. 

Mi libro y yo.

Lo colocaba siempre cerca de mí, incluso en el baño estaba a mi lado. Aunque todo termina y un día el hastío me obligó a dibujarle varios brazos entre las páginas 38 a la 73. Un brazo que, si pasabas las páginas muy rápido, te decía adiós.

Canet.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El reloj.

Mi compañero Oscar en sexto de egb me robó el reloj que me regalaron, el único reloj que he tenido en mi vida.
La primera vez que se lo mostré descubrí la avaricia reflejada en sus ojos.
-Un reloj autentico de acero, dijo.
El suyo tenía un aspecto sucio y era de plástico. Se lo dejé en muchas ocasiones, se lo hubiese dejado toda una vida tan sólo por ver de nuevo esa avaricia brillando en sus ojos.
Pasó el curso y no me di cuenta de que me lo había quitado hasta que me lo enseño luciendo en su muñeca.
-Mi reloj es una mierda, no cierra bien, dijo.
Inmediatamente reconocí mi reloj. Con la correa plateada y la esfera verde Esmeralda. Le encajé el remache y le ajusté bien la pulsera.
Después tan solo le dije que lo conservara bien porque era un gran reloj. Una vez reparado se lo entregué. La avaricia de su rostro se tornó en confusión.
El reloj me lo regalaron mis padres. Jamás les conté que me lo habían quitado. En ocasiones me da por pensar en ese capítulo y en mi reacción irracional. En por qué no le dije a Oscar que me diera mi reloj. Nunca tuve coraje o agallas para pelear, ni con diez años ni con casi cuarenta – al menos eso creo-. Aunque me quitaran la vida, encajaría el remache, me ajustaría y guardaría silencio como hice entonces.
Canet.

Los cuarenta.

Me quedan pocos meses para cumplir los cuarenta y para mí ya todo es tiempo.
Cuarenta.
A esta edad creo se quitó la vida Pavese.
Se lo prometió a su desamor:
-vendrá la muerte y tendrá tus ojos- escribió.
Se tragó una caja de somníferos, metió las manos bajo la almohada y se quedó dormido para siempre.
En cambio, Virginia Woolf escribió antes de marcharse: “No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.”.
A los diez años me mudé de casa y todo cambió radicalmente.
A los veinte pretendí celebrarlo con mis amigos, por todo lo alto, pero era martes y no tenía amigos.
El día que cumplí treinta no lo recuerdo, solo sé que me sentí muy solo:
de ser un loco veinteañero pasé a ser un decrépito treintañero;
aquel día volví a ver el séptimo sello de Bergman, que trata de la muerte y de la existencia.
Pero los cuarenta se me presentan con una sensación de éxito total.

Luz.

Se hunde la luz sobre los edificios en esta mañana lechosa de mayo camino de la oficina. 
La visión tal vez sea mía, no lo sé, pero la frase con que la entiendo y la vivo no, 
la escuché y la estudié con Marai y Dostoievski. 
Desconfío por completo que mi forma alocada de escribir coincida con sus deslumbrantes trabajos, pero ese modo de hundirse la luz sobre las fachadas para restaurarlas en un obsequio recién descubierto es algo…
Lo que pretendo decir, es que ya es de mi propiedad porque me la dejaron junto a otros bienes.
Sin ellos, a la caminata de hoy le faltaría poesía y representación.

Canet.

lunes, 23 de mayo de 2016

Lugares.


Terrazas, plazas, esquinas, parques. 

Lugares. 
Infinitos empequeñecidos. 
La silla frente al caballete. 
La estantería de Saramago y Marai. 
Los cines cerrados. 
Cada lugar con su recuerdo, 
la narración de una anécdota, 
el relato de un beso, de una caricia. 
Los sitios sencillos y modestos, casi sin historia, sin fama. 
Son los que se prefieren para estar, para hablar, para enamorarse. 
Se empapan de una leyenda, 
una mención y brindan su reconocimiento, 
su no pedir moneda de cambio, su hacer sentir bien. 
Los lugares diminutos, 
donde el tiempo no se para. Tampoco nos observa. 
Los nuestros, 
los inmortales. 

Canet.

jueves, 19 de mayo de 2016

Palabras III

Las palabras
en el portal de la poesía
deambulan tediosas de un lado a otro.
Si al menos supiésemos jugar al ajedrez
 - se dicen.
Suspiran. 
En ocasiones forman un círculo para narrarse intimidades,
pero de pronto se quedan pensando
y descubren que no esconden ninguna
en el baúl de arpegios con que se cubren.
Miran por los cristales del verso,
aunque sus ventanas cerradas les muestran
tan solo una vista gris oscura con grietas.
Solamente cuando alguien lee la poesía de veras
y por sus pupilas se filtra en lo escrito la claridad,
comienzan a recrearse y a alegrarse
las palabras.
Canet.

martes, 10 de mayo de 2016

Color.



Paisajista singular la primavera. 
Parece que hubiera derrochado 
la paga en comprar pinturas en el bar.
Verdemar, glaucos, cítricos. 
Cubre la ciudad o esboza los ramajes 
olvidando jaspearlos del todo.
Maldita virtuosa la primavera.
Sus cuadros son dificultosos,
radiantes, ruidosos.
Más retratista que paisajista,
deja los cuadros casi terminados.
Incompletas imágenes que el verano rematará.
Los árboles se compadecen de tanto gris.
Pese a ser una malísima pintora,
en el fondo la adoramos.
En los bolsillos de su chaqueta
esconde las simientes de todo color.

Canet.

Mi nombre.

Voy a escribir mi nombre millones de veces…
Tantas como sean necesarias
para entender que estoy,
que no soy irreal,
que no me escondo
ante la insensibilidad
de los que se alejan.
Trazaré mi nombre
con lo que sea:
con lodo, con tierra,
con jirones de mi piel o con mi sangre…
Si fuera imprescindible,
lo escribiré con carencias gramaticales
y con errores ortográficos,
lo escribiré en las paredes, en los árboles,
lo pintare en los tejados,
en las puertas de las casas,
en el asfalto y senderos que me a mi paso encuentre.
Y luego dejaré que la lluvia lo deshaga,
que lo arrastre el aire, que lo esconda la tierra,
y que el tiempo,
logre olvidarlo…

Canet.

viernes, 6 de mayo de 2016

Algo en la mirada...

Tiene centelleo, tiene algo en la mirada, algo tras los párpados, hay color cobre en el marrón de sus ojos, tiene tejido de vida, tiene audacia, tiene el nervio de la vida, la potencia del tiempo, en sus ojos, en su existencia, tiene color purpura en el rojo de su sonrisa, es la melodía silenciosa de una pieza olvidada, es la figura enmarañada de un destello, la apariencia del miedo, es un no sé qué en el espacio que habita y tiene una pizca de un color confuso que confunde su imagen, posee color, luz, nervio y existencia, y aroma a canela, y es sedosa como una promesa, y resplandece, y abrasa, y tranquiliza, y tiene sueños de color amarillo en el dorado de su risa, y vaga sobre el tiempo, y le quita su vigor, y llora, y tiene un lloro que incendia, que no calma, que intimida, que daña, que se extravía en una maraña de océanos.

Y regresa, y escala, y se mofa del tiempo, siempre se ríe del vaivén del reloj, y se apodera de su alma, es la ladrona de su energía, y sobrevuela el pasado, y huele a golosina, a golosina caliente, y tiene algo en la mirada, algo albino, algo plomizo, algo de un color impreciso, desteñido, y es el sonido ahogado de una caricia, el instrumento de una banda sin filarmónicos, los músicos se han marchado, y se queda ella, con tonalidad, con energía, la que le quitó al tiempo, y observa, y ríe, y se pierde en la maraña de océanos, y sonríe, y su alegría es azul, azur como la bóveda de la noche, y es una reverberación natural, existe, condensa la vida.

Ella posee luz, de sobra lo sé, tiene algo en la mirada, y su disposición de vida que despista, y me obsequia con el café de sus labios, y llena un espacio allí, en el sitio que tanto llena, por dentro y por fuera, y tiene color, es marrón, es roja, es amarilla, es azur, y blanca, y plomiza, y se baña en el océano enmarañado, y me ofrece su mano, y me lee, cuánta vida que me lea, y tiene algo en los ojos que coagula el juicio, y es tersa como su piel, y posee la fortaleza de mi existencia.
Tiene centelleo, tiene algo en la mirada…

Canet

Sus sueños.

Silvia siempre supo de qué elementos están formados sus sueños... 
Algunos son de papel plata, 
otros de ligera porcelana; 
algunos de nubes, 
otros de música y tabaco. 
Los hay también de brisas y pétalos secos, 

o de libros y mar.
Sabe que al abrir los párpados, dejaran diferentes gustillos en la boca:
a chocolate, a queso, 

a lágrimas saladas, a pan tostado, a mango amargo...
Los sueños moldean la parte de lo que somos 

y Silvia cosecha los suyos presta a encontrarse 
y a admitirse en ellos.

Canet

jueves, 28 de abril de 2016

El primer rayo de luz.

En la cocina la cafetera está silbando.
El agua se empeña en cumplir su deseo de convertirse en nube. 
Una enramada de poto tararea apasionadamente
sobre el lateral del frigorífico. 
En la mesa del comedor, al lado de un par de libros,
hay dos tazas en línea y, en el centro,
un frutero del que brotan manzanas.
En el tocadiscos suena un nocturno de Chopin.
El primer rayo de luz alarga su brazo hasta la nuca del caballete, que reclina el lienzo sobre nosotros.
Canet.

Sin título 88


Tus botas de niña que llega tarde a la escuela
te distancian del beso de la mañana que acabamos de regalarnos
como víveres para el resto del día.
Veo mecerse casi al final de la calle tu chaqueta de color aceituna 
diciéndome hasta pronto con ansiedad de andén ferroviario.
Hasta luego, le contesto con los párpados, y la mano se levanta para moverse a su compás.
Puedo sentir la oscilación de tus pendientes del museo del oro,
devotos centinelas de la imagen arcana.
Y ahora que me fijo
tan solo me queda un poco de arrebol de tus labios
sobre el cuadro que todavía no he pintado y
que probablemente jamás pinte.
Canet.

miércoles, 27 de abril de 2016

Días tristes.

Recuerdo que éramos tan desgraciados 
que en la madriguera yo hacía de cebo. 
Completamente a solas en la habitación, 
lograba escuchar al otro lado del tabique 
como iban de aquí para allá, 
estremeciéndose y dando vueltas en la cocina.
-Vivimos días tristes-
me decía la abuela peinándome con su mano.
Pasó el tiempo y
mi padre se compró un abrigo de piel de rata que desempolvaba
hasta que las moléculas alumbraban el comedor.

Canet.

lunes, 25 de abril de 2016

¿Te das cuenta?

¿Te das cuenta?
nuestra casa está perfeccionada.
Siempre nos encontramos. Estamos.
Por la tarde nos colamos en la pupila del otro
y los indicios del sol le roban al horizonte y, 
en señal de cumplido,
esparce esquirlas doradas sobre nosotros.
Todo es nuestro.
Absolutamente todo.
El violeta del cielo y sus nubes:
los cuatro puntos cardinales de oriente a occidente,
el espejo del océano, la inmensidad de Río,
del universo su calibre y la manivela del planeta que pisamos.
¿Te das cuenta?

Canet.

miércoles, 20 de abril de 2016

Sin título 87


La claridad de la mañana escribe adagios 
sobre los tejados azafranados del barrio.
Como un aprendiz más, desde primera hora de la 
mañana me pongo a escribir las palabras de siempre, 
que corregirán como siempre las sombras del atardecer.
Me gusta que el suelo me indique la línea a seguir.
Que las ramas y sus habitantes alados
correteen sobre las ventanas.
Que el ocaso le agregue tonalidades púrpuras
con su paleta de matices.
Y disfruto revelando insólitos significados a las palabras que escribo en los tejados cada día con mi pincel.

Canet.

Un poeta incomprendido.

Silvia:
En su época Bukowski era etiquetado como un poeta incomprendido.
Así que abrió una nueva botella de vino y sin preocuparle mucho llegó a entender
que nadie puede ser comprendido por sus contemporáneos, es necesario que llegue la próxima generación.
Tarkovsky lo afirmó con menos sensibilidad: al igual que una película se construye en el estudio de rodaje,
la vida tan solo puede ser entendida después de la muerte.
Y en el caso de Bukowski es desoladamente indiscutible.
La muerte comenzó a hilar para los que aun vivimos la vida deshilvanada que siempre llevó.
Y a tejer una leyenda que no cesa de crecer.

Canet.

lunes, 18 de abril de 2016

Mapas.


Ardua tarea la de orientarse en la ciudad
de disparates que envuelve lo literario.
Escribo unas líneas en la libreta y sé perfectamente
que no hay nada ni nadie detrás, 
pero sin embargo,
la consistencia de un hábito las protege y les otorga significado.
Escribo en esta pantalla otras líneas que al momento fluyen por aquel enjambre llamado red
y estoy seguro que hay gente las lee,
pero sin embargo,
con qué abandono se quedan ahí, temblando.
Después salen en alguna revista y con dificultad alcanza a varias decenas de lectores.
Existen mapas para situarte,
pero a la vez es como si nada hubiese allá fuera.
Canet.

viernes, 8 de abril de 2016

Tan solo quedamos tú y yo

Hemos llegado a la vida con cierta demora.
Faulkner se marchó,
Márai se voló la tapa de los sesos,
no queda nadie para que nos guíe
por el meandro de la sabiduría. 

Ha empezado una guerra
en las tabernas;
y ya todos han decidido
que no les gusta Oscar Wilde
ni Ingmar Bergman;
reposan escondidas
las putas de Laurtrec;
Camus absurdamente ha estrellado
su coche
y ahora me ha dejado la novela incompleta.

Y no quiero hablar de los muertos
que continúan vivos en nuestras estanterías.

Tan solo quedamos tú y yo,
impulsándonos en los descosidos de Abril.

                                                                         Canet

jueves, 7 de abril de 2016

Las cosas por su nombre

Elimino la simbología y sus ceremonias
para llamar a las cosas por su nombre;
expulsada la poesía y las quimeras,
hablaré el idioma de los mortales.
Lo que galopa por mis venas no es un torrente:
le llaman sangre.
El pensamiento no es naufragio ni una embarcación.
Carne el corazón, tirita y late.
No existe en el destino la ejecutada
serie de circunstancias del azar:
a esto que me hiere le digo vida.
Algún día le dirán muerte.
Sólo un símbolo aún bendigo:
siempre diré,
que el amor,
es de una singularidad milagrosa.
Canet.

viernes, 1 de abril de 2016

Aguacero.


El aguacero dibuja caminos de agua en la acera, 
cauces ruidosos 
que dan volteretas ingenuas sobre las paredes, 
que reptan sobre las ventanas
 o que galopan hasta asfixiarse. 
Obsequia un lenguaje fértil escrito 
sobre los pétalos y las hojas, 
sobre la tierra, sobre los paraguas; 
en cualquier lugar su caligrafía reluciente
y acuosa testifica su avance.
Traduce armonías de delicada belleza,
el goteo de un canalón,
el quejido inquieto de un charco al ser pisoteado
o el canto de un arroyo orillado en la carretera.
Hay que estudiar a la lluvia con fervor de devoto.
En ella se logra pasar desapercibido.

Canet

Escribo por la mañana.

Escribo por la mañana.
La detallo para ti.
Los incendios de claridad que abandona el sol de marzo
sobre los cristales de la torre.
El aleteo de mis pájaros cuando el claxón de un coche los espanta, 
son tantos los que despavoridos se alejan de los ramajes
que parece que es el mismo árbol quien sale volando.
En una página de word
que cincelo con serenidad de escultor voy modelando la mañana.
Para que puedas verla cuando salgas por la tarde.
Aunque te quedes dormida,
para que la reconozcas cuando despiertes a mi lado.

Canet

miércoles, 30 de marzo de 2016

Habitar.


Mis muebles, mis mausoleos, mis extramuros,
ciudad empedrada y gris
y yedras
donde la noche brilla en las ventanas.
A la orilla de tu nombre me inclino,
las pestañas húmedas de pensarte,
la piel pintada por los ramajes
Si hablamos de habitar
habito en ti.

Canet

Me largo

Me largo hacia el lugar de las áridas
explanadas de mi corazón ,
donde hay un jardín con olor a lavanda
y silencios que se alzan como madreselva.

Allí residen mis arcángeles y los diablos
que caminan mis páramos
y,
escondido en el dorso de la luna,
un niño que conversa con los pájaros.

Estaré disfrazado de hombre invisible,
sin estructura o gravitación, como el azul celeste,
quimérico, cuan eje del confín,

entretejiendo posibles cuerdas
con esta fiel aversión y esta rutina
de no esperar nada de nadie.

Canet.

Lejos de la poesía


Y repentinamente un verso, 
uno tan solo, vehemente, desaliñado,
iracundo y grasiento,
sin penas ni tormentos,
como un navajazo justo en el pecho,
que muestre los embustes y traiciones,
el fraude que hice en mis certezas,
los sueños esfumados,
mi escasez de misericordia, mi indolencia,
las trampas en el camino, el trapicheo
que cometí en mi propia historia,
un verso que brote en mis vísceras
y se infecte 
y después muera con la última palabra.

Siempre habrá armonía después de la música
y un nuevo lugar lejos de la poesía.

Canet.

Es poesía

Me encontraba al borde de la tarde con mis compañeros: 
Poetas de incógnito, sumidos en una discusión sobre la vida misma, y yo, aunque parezca insólito, permanecía en silencio.

La vida -decía uno sin alguna duda-, es simplicidad. 
Es nuestra obligación despegarla de los remolinos de la complejidad. ¡A la mierda ya tanta sombra!

¡Todo lo contrario! -contradecía otro-, absolutamente convencido.
La vida está sumergida bajo los charcos de lo esencial. Debemos empujarla hasta el fondo del raciocinio. ¡Estoy hasta los cojones de tanta filosofía masticada!

El debate se meneaba ora en este y ora en el borde opuesto y cada vez más sangre salpicaba.

Un cuervo voló sobre nuestras cabezas. Sus alas traían la sutil felicidad de esta jornada de ojos grises. Y se lanzó de inmediato a la caricia eterna del crepúsculo.

El cuervo no volaba de forma sencilla, ni tampoco de modo complejo.

Sencillamente era poesía.

Canet


Seísmo

Y qué, si furtivamente 
me escondo 
en los extrarradios 
y recopilo renglones 
sobre la hoja sucia de la libreta. 

Y qué si me atrae
lo agónico
lo desfigurado
lo mojado y
su molesta tonalidad,
y qué si lloro una poesía.
y la desangro
-¿y qué?-
todo seísmo tiene su réplica.

Canet.