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lunes, 20 de julio de 2015

El escondite de las palabras.


Yo llegué al mundo sordomudo,
no estuve en la guerra 
ni sobreviví a ningún cataclismo
y mis dedos no han acariciado
las pieles álgidas de los finados.

La totalidad de lo que sé
vive en el vacío
que envuelve la longitud de las cosas
pues tan sólo conozco la jerga de las aves 
el fuego que hiela 
y el escondite de las palabras.

Soy pavesa en la brisa que no soy,
mi dicción es brote de la poesía,
extensión entre la voz y yo
sin inclinación alguna,
sin ralea ni facultad de nada.

Cómo decirle a mi carne
que jamás podrá sanar a nadie, 
cómo explicarle que la única pieza 
que le es correspondiente
es tan sólo escoria de la nada,
núcleo del viento
que nada logra. 

Canet

viernes, 17 de julio de 2015

Sin título 67

Tengo treinta y siete otoños fríos.
Tal vez sea tan solo un obstáculo para el progreso.
Jamás hice nada que pueda interesar.
No cincelo, no esculpo,
jamás hice un cenicero de arcilla. 

O una espada con dos palos.
Aunque a veces pinto.
Mis manos no dominan el barro
ni ningún otro elemento.
No sé sanar aparatos eléctricos
ni entiendo el lenguaje de los grifos.
Ni siquiera sé que hacer con aguja e hilo.
Hace tiempo gané un concurso de relato corto,
aunque siento que no es suficiente.
Soy incapaz de matar a una hormiga.
Me emociono cuando coloreo un pájaro fuera de la jaula.
No sé nada de prestidigitación
tampoco de brebajes capaces de curar.
Desconozco la vida campestre.
De la humanidad, mejor no diré nada:
no hay nada más inservible en este mundo.
De modo que lo único que poseo
es mi constancia para mezclar
una palabra con otra.
Con ellas moldeo versos
que a su vez forman intentos de poesía
y que a veces se convierten en relatos,
pero es un trabajo que todos
-o casi todos- son capaces de realizar,
y quizá mucho mejor que yo.
-¿pero acaso importa?

De modo que continuo...
Tengo treinta y siete otoños
y tal vez sea un inconveniente para el progreso.

Canet

Tú II


Tú que te enamoras de los árboles 
de hojas claras, 
tú 
que nadas en todos los vocablos, 
en los lamentos que ignoras, 
en las paginas de nadie, 
en la aurora boreal 
del lenguaje, 
tú 
que nunca conociste las aves de ciudad 
ni la estructura de sus plumas, 
tú dormida, tú soñada, 
tú siempre valiente, 
tú tan segura, 
tan buena mujer, 
tú que haces palpitar los hilos 
en la orilla de los ademanes, 
tú capaz 
de colmar la ausencia que 
siempre me delata. 

Canet

jueves, 16 de julio de 2015

Sin título 66

La existencia es una camisa hecha a medida,
un envoltorio donde cabe todo,
un perverso antifaz, 
un absurdo.

Es una fastidiosa tela que a veces estorba,
un talismán inservible,
una pata rota a la que estás amarrado,
una veloz gacela que se fuga.
Es una angosta calle,
una pendiente por la que tarde o temprano caeremos.
Un pretexto para enamorarse, un afán de ser querido.
Algo extraño en lo que nadie repara,
algo de lo que nadie se responsabiliza.
Un resbaladizo animal moribundo,
un halago, un obsequio, un cuadro inconcluso.
Un tren en movimiento,
una calumnia,
un apetito carnal, un frágil cristal,
un destino encontrado en el cubo de basura.
Una señal del tiempo sin señales,
un giro milagroso, repentino,
un poco de todo que,
sin embargo,
se nos esfuma de las manos
dirección hacia la nada.

Canet

miércoles, 15 de julio de 2015

Veredicto.

Una zancada en consonancia 
o tal vez no, 
produciendo caídas, 
animal escurridizo, 
mirada singular, 
desorden de los reglamentos fundamentales, 
-¿y la demencia dónde, dime?, 
y la demencia en qué momento, 
sincera y prófuga, 
con la cuestión precisa combando las cejas. 
-¿De dónde procedo, dime?, 
recuerda que mi infancia no ensayó deportes, 
que el barrio era eso, los otros y la amenaza, 
aguantar en la orilla inventando otros mundos, 
extraviarse entre los renglones, 
dibujar el silencio para obstruir la algarabía, 
y ocultarse en los momentos donde despedaza la furia, 
donde la luminosidad pierde su matiz amarillo, 
y los sueños aguardan su sentencia, 
veredicto garrafal, 
un punto en el tiempo que demuestre lo infinito. 

Canet

La abuela. (Relato)



Fue la primera vez que me obligaron a dormir en casa de mi abuela materna. Pasé desorientado el momento de la cena, pues no conocía a aquella señora de rostro rugoso. Sufrieron toda clase de desgracias mis prejuicios infantiles frente aquel plato desconchado en que se me vertía la carne con denso caldo. 
La jaula donde defecaban los pájaros olía tan mal, que me pareció estar empapando el pan donde no debía.
Crepitaba toda la casa. Los rostros misteriosos, antediluvianos, que ocupaban las paredes hacían todavía más pertinaz aquella anaranjada soledad en que se me asfixiaba el alma. Era como si todo el mundo hubiese muerto hacía muchos años y quedáramos tan solo en él mi abuela y yo, rodeados de corrales vacíos, imágenes de santos, muñecas de porcelana en cada habitación y otro millar de extravagancias de muy heterogénea apariencia. Pero, a pesar de todo, aquella señora enjuta, enlutada por entero, decía cualquier cosa y se mofaba como una imbécil de lo que acababa de decir, mostrando sus melladuras y una muela plateada . Aquella era su cándida manera de adorarme, de estar encantada conmigo y con todo lo que nos rodeaba, porque, si no era muy inteligente, tampoco le era necesario para ser una mujer dichosa como cualquier otra con sus plegarias bien rezadas, su ganado y sus familiares vivos. 

Me arregló la última habitación, me tapó y besó en la frente y me dio las buenas noches. Al rato no recordaba donde estaba el baño y me levante y salí al pasillo como el que espera ser atropellado por no se sabe qué oscura catástrofe. Me di ánimos para lanzarme a través de aquella voluminosa oscuridad teñida por la luz moribunda que salía de la habitación de la abuela y, al pasar junto a su dormitorio, vi –sin ser advertido– algo que me alteró como ninguna otra visión lo había hecho aquel día.

La abuela se estaba desvistiendo colosalmente, misteriosamente, abrumadoramente.
Observé la perplejidad de la carne tartamudeando entre sombras su encanto dormido.
Aquello era una desobediencia ecuménica. No había modo de admitir aquella piel albina, piel de mujer nevada sobre la que pendían los pechos agostados de la muerte. Mi carne, procesada por la contundencia de la suya, gritó de pánico y se deshonró de deseo.
El Serafín y la Bruja, ¿Quién demonios los había desorientado así?

Cipriana, mi decrépita abuela antiestética de mostacho enmarañado, viuda de gélidas chichas ardientes, permite que me oprima a tu belleza como no supe hacerlo aquella vez primera.

Canet. ©

Luz.

Hoy el día continúa la misma senda que sus acólitos, camino caluroso. 

Echado sobre el añoso y esquelético sofá, 
me contento en el arte de no pensar 
ni crear nada, 
de ser nada, 
de abrir los ojos de muy vez en cuando. 

Y cuando menos lo espero, 
el salón se ilumina. 
Entre las apagadas paredes de cuadros y libros,
la tarde ha tirado un manojo de rayos plateados. 


Ella es mi fortuna.

En casa,
el animal vivo de los óleos dobla la espina dorsal del oficio.
El aceite se desliza por la camiseta mugrienta de color.
Qué miserable en su espera el corazón,
qué bien servido cuando 

el salón se ilumina cada tarde.

Canet.

martes, 14 de julio de 2015

Espectáculo (melodramático).


Trafico versos,
transito bares, teatros trágicos
buscando adictos a quien vender mis líneas,
y todo me parece acabado, 
gastado, muerto,
y todo es tan espantosamente funesto.

Con las pestañas colmadas de viejas tristezas,
un muestrario de versos deshojados
transitando la ciudad.

Lugar tras lugar
lunes tras lunes,
trabajando en alturas innobles,
respirando aires adulterados,
existiendo con mi negocio
y esparciendo la mercancía
en lugares de egos nutridos 
que se apagan, 
que se asfixian,
que mueren.

Y todo se transforma velozmente,
y todos tiritamos
y todo es
tan disparatado y teatral. 

Canet.

Sin título 65

Me desnudo cuando sonrió 
con una de mis comisuras 
tras proyectarte.
Tú lo ignoras, 
aunque yo sí que lo sé,
todo lo que ese diminuto visaje contiene.

El anochecer es un obsequio 

que me une a tu lado de la cama,
contemplando la posibilidad de ser una misma piel.
Cuando solo cavilo en la ansiedad
que tengo de advertir
la caricia distraída de tu mano mientras caminamos.

Los segundos que faltan para volverte a contemplar
se prolongan desde que descubrí que tú
también me observas,
que en algún momento llegamos a un acuerdo
para despertarnos recíprocamente,
para curarnos las viejas heridas,
repletas de susurros,
para enmarañar las sábanas
y engullir el apetito
para que me desnudes de umbrías
y con tus labios
deleitosos
me entierres de luz.

Recógeme con tus piernas
prometo agarrarte entre mis brazos y
reembolsarte con intereses
el aire que te he quitado con cada beso.

Resulta bonito sentirse delicado,
como me siento yo
sobre todo desde que sé
que tú...
también me observas.

Canet.

Y poco más...


Cuando nací 
determiné no saber conducir. 
Andar o pedalear es observar.
Si me hace falta una camiseta
me compro un lienzo 
o un libro de segunda lectura.
Me alimento mesuradamente de la madre tierra. 
Me gusta quedarme con una mística
noción de apetito. 
Venero la sangre de Cristo.
Me gusta tener sed y atiborrarme con agua. 
Disfruto con algunos dulces.
Si tengo cincuenta céntimos compro pan.
Si tengo cinco euros compro espárragos y setas para cenar.
Si tengo 30 euros, intento derrocharlos ipso facto. 
Pocas horas son las que duermo. 
Yo diría que con los ojos abiertos y con los pies mirando al techo,
pero desde siempre un cuervo me escolta. 
Continuamente tengo una canción en la cabeza, 
quizá se deba a la cadencia interna. 
Amo con vehemencia. 
Subsisto con la labor de esperar una 
línea para escribir. 
Y poco más que no sepáis...

Canet.

lunes, 13 de julio de 2015

A tu lado.

Nada poseo 
y constantemente
me escolta la sensación
de estar a tu lado, 
de ser indígena o extraño, 
soy un hogar en el que habitas,
una mochila repleta de canciones tuyas
un estante lleno con tus libros y
un verso que quizá 

escriba algún día de estos.

Canet.


A Silvia

Suspendido en el vacío.


Voy a tender las sabanas mirando la bóveda celeste.

Logro verlo todo,
los espárragos y las setas,
una fotografia en Père-Lachaise y tu imperecedera presencia.
Parece que estoy suspendido en el vacío:
la colada húmeda, la comida silvestre y
un lienzo totalmente despeinado.
Cantan los vecinos en lengua indescifrable. 
Veo la migración de algunas aves.
Hay un sonido que no es de este mundo. 

De sobra sé que no haré nada
más significativo en toda la semana.

Canet.

Que verdee el paraíso.

Que verdee el paraíso en tu vientre 
y en nuestra piel crezca una dulzura que sabe a melocotones y pomelos en el desierto, 
crecen el aguacate y el poto junto a nuestros monstruos en un primer piso, 
todo brota con raíces resquebrajando 
las macetas y muros, 
e ignoramos, 
desconocemos si habrá una superficie tersa 

donde sembrar todo esto,
debemos vivir de la tierra,
amor,
porque yo me niego a guerrear contra gigantes,
y tampoco quiero que tú dinamites cada día a todos los bárbaros:
tenemos que dejar de ser coautores ignaros 

o servidores coléricos,
escapar del psiquiátrico económico y tecnoimbécil,
para florecer en la armonía
y en la labranza de una humildad hermosa de insectos 

que se embriagan con las uvas de la vid,
gorriones saciando su sed en un pozo 

hasta que el agua negra de la alberca
nos lance destellos rodeados de musgo.

Canet.

A solas.


Advertir que estás ahí, 
mientras pinto en el estudio de alto techo,
mientras escribo versos sobre la frente, 
me espolea,
me da seguridad y vigor y confianza.

Me entrego a mis quimeras y avanzo
por borrosos territorios en los que jamás estuve.
No acepta compañía este trayecto:
es necesario estar a solas para lograr encontrar.

Me extravío en algunas ocasiones, 
pero merece la pena porque suelo hallar
insólitas maravillas que nadie logró ver antes.
Por favor, no te alejes demasiado 
y espera a que salga del estudio;
tú serás, cuando me limpie las manos, 
la primera persona en saber de ellas. 

Canet.

viernes, 10 de julio de 2015

Pronósticos.

Tengo fuerza de sobra y sé que puedo con todo. 
La filosofía me concede
astros, brisa y acrobacia de suicidio
que no emprenderé para no satisfacerla.

Sé que puedo y soy vestigio de firmamento
y pincel y mariposas
y cabellos al viento de óleos sobre el lienzo,
el armazón o caballero aislado,
el sofá con cojines que me esconde.

Encuentro distintas jerigonzas
y apuñalan,
ignoro el cariño que no acaricia
y mi delicadeza extravié con la metáfora
que regalé siendo un niño.

No voy a auto satisfacerme,
los pronósticos son cosa vuestra.

Canet

Despójame.


Quedo despojado en la palabra, 
en la poesía, 
en el sentimiento infinito, 
en cada una de tus voluptuosidades, 
en cada jadeo, 
despojo toda mi esencia para retener los efluvios que arropa la brisa. 

Y me asfixio,
y tomo aire,
y confirmo,
y me dejo llevar por estímulos carentes de base 
al escribir versos que descansan en el filo de la luna. 

Y no lo puedo negar, 
tus ayeres me lastiman, 
me arden y abrasan por dentro 
y a cada instante me pierdo 
y no logro encontrarme 
y después, más tarde, 
solo sé que pienso en ti 
y me estremezco al pensar que en tu piel me inundo.

Despójame las entrañas 
y la poesía,
y la noche
y el sentir cuando cavilo.

Despójame de todo solo tú, 
pausadamente, tú,
adagio en mi carne, 
tú.

Canet.

jueves, 9 de julio de 2015

Sin título 64.





Esta mañana 
cuando los fantasmas han dejado de resignarse
con ser el murmullo que se encuentra bajo la almohada,
la alarma ha zumbado de modo diferente.
He pensado en aplaudir,
ya que siempre he reverenciado
las actitudes de amabilidad de los despertadores.

Canet.

Malos sueños.


Me despierto cuando el teléfono suena. 
Me palpo el rostro. 
Me inyecto luz.
Preparo la cafetera mientras me pongo la camiseta.
Enciendo un cigarro.
Me agito y tirito.
Tuesto el pan y preparo una ensalada. 
Escribo mentalmente sobre la clemencia humana. 
Ella se levanta y me abraza.
Nos bebemos el café. 
Corto un tomate.
Leo gradualmente.
Enciendo otro cigarro.
Jamás olvido poner en práctica a la locura.

Ella sale.

Prolongo la jornada.
Pinto sin propósito. 
A veces escribo.
Cierro las persianas.
Enciendo un cigarro mientras
miro el lienzo.
Pongo la radio y suspiro.

Salgo al supermercado.
Caliento la pasta. 
Pienso y blasfemo.
Bebo tinto
para soportar su ausencia.
Fumo de nuevo.
Cierro los ojos con las noticias. 
Sudo.
Tengo malos sueños hasta que el teléfono me despierta.

Canet.

miércoles, 8 de julio de 2015

Sin título 63.

Porque siempre seré un Sócrates sin filosofía ni deidades
al que continúan invitando a tomar cicuta por las tardes 
y la bebe sin lamentarse.
Y en ocasiones 
alzo el aullido
para que el veneno
sea menos letal
y la teoría menos teórica
y la antigua doctrina más actual
y el corazón menos deshidratado.
Quizá por todo eso me pongo a llorar,
siempre y sin que puedas verme,
habitualmente más en público pero a solas,
porque la simpatía ya no me asusta
y la vergüenza ya no me derrota.
Y me sé diminuto
pero me sé valeroso
y las lágrimas me hacen mortal y terrenal
y tú carcajeas,
pero a veces
te las guardas
y te abrazas a ellas,
me pones una copa
o me cuentas algo chistoso
o me hablas de la importancia del atuendo
y es entonces cuando el lloro finaliza
y la risa se propaga
y la poesía germina
con letras de caricias.
Y yo continuo tomando sorbos de cicuta,
sigo siendo un Sócrates sin filosofía
con miopía y ganas de colorear
pero soy exclusivo propietario de mis horas sin ti,
de mis lágrimas latentes y
de mis sonrisas marchitas.

Canet.

Vertical.


Es mucho lo que me fascinas

cuando persistes en ser vertical
pero no quiero tener que mencionarte
que todos nuestros predecesores
terminaron yaciendo horizontalmente.



Canet.

Palabras III


Creo en la ternura del espíritu,
en el rescate del perdido,
en la insurrección del corazón
y en la profesión de quien escribe.

Entiendo el lenguaje de las señales,
toda la pasión de Wilde,
sé de un candado en un puente que cruza el Sena
y la labor de abrazar con aullidos
todo lo que menciono.

Con la ilusión en la palabra
soy palabra ilusionante.
No me asustan los verbos que dicen algo,
tampoco los que silencian.
No me espanta la lágrima que se excede,
ni la que falta.

Romance con las palabras
que emergen en la espesura 
de mi ombligo,
vísceras vegetales
y me imponen:
fatiga incesante
por el centelleo de percepciones
en la linde de las uñas,
mezcolanza de gorjeos
al rayar el día.

Poesías,
reparadoras de la oquedad de mi alma
que deambula, 
en zapatillas y sobre dos ruedas.

Canet.

Sin título 62

Hoy se atesta mi mirada de panorama,
marcho hacia la orfandad de torres negras
cuando los grises se alzan 
y el amarillo Nápoles 
se posa en los escaparates.

El verano nos humilla 
y nos arrastra hacia un disparate recreativo,
Doña Imagen nos desinfla la razón
con su semblante mendaz 

en medio de una soledad dorada.

En esta época de alegría implantada,

mi sonrisa ulcerada flaquea.

Canet.

Es tu existencia.


Te encuentras aquí,
es tu existencia,
estás afianzada en el constante presente.
El tiempo es ave,
desconocedora de fechas,
sucede, se difumina,
efímero espectro
transita, escapa, se tacha, se extravía.
Regresa con otras fisonomías
y apariencias desconocidas.
La perseverancia de lo consistente,
lo sólido
de esta sustancia etérea y tangible
de este sentir que continua
imperturbable,
es tu existencia
de infinito presente.
Nexo marcado por la mañana,
por la tarde
por la noche y por la madrugada,
colmando cada momento, 
cada instante
tu presente existencia
... ahora.

Canet.